
Nostalgia. Nostalgia… Esa es la palabra. Es nostalgia en estado puro. La nostalgia, una sustancia que te recorre las venas, los nervios y los huesos hasta la columna vertebral, llegando al cerebro flotando dentro de tu cráneo en medio de más nostalgia. ¿Sabes cuál es la mejor combinación? La nostalgia y el alcohol. Esa si que es una combinación depresivamente dulce.
Las fiestas con Naomi eran la mayoría de las veces incómodas, pero aun así mágicas. Cada tanto te encontrabas personalidades como Benito y Lisa Cerati, Ale Sergi, o actores como Mike Amigorena o Gaston Pauls. Yo siempre con cámara en mano grabándolo todo en medio de un cúmulo de estímulos que mi cabeza procesaría horas después.

En entonces no consumía alcohol. Estaba en una severa dieta de pastillas psicotrópicas recetadas por mis obsesiones compulsivas que me prohibía sentir el liberante sabor de un vaso de whisky Jameson con tres hielos grandes. Tres, porque tres es un número bueno. Un número confiable y protector. ¿No lo crees así?
Naomi era una chica preciosa. Aún lo es. Una chica judía llena de orgullo por sus raíces y con una personalidad independiente que no cualquier mujer tiene. Su arte polémico, como a mí me gusta, era proyección de su mente. Aún lo es…
Cuando la conocí, tuve la impresión de estar hablando con alguien de una energía femenina y cálida, y que sabía sobre las palabras que su boca pronunciaba. Alguien realmente artista y una mente intelectual alejada del esnobismo que devoraba el mundo del arte en aquella época, y en otras anteriores. Disfrutaba pasar tiempo con ella.

La seguía a todos lados, por donde quiera que iba. Mi cámara grababa pasos de baile de los ensayos previos a un show, conversaciones y discusiones con sus managers, o puntos de vista donde yo solo observaba la hermosa forma que ella tenía de gestionar conflictos técnicos y como, aun así, su llama no se apagaba y seguía iluminando el escenario con su música.
Se preguntarán porque sé todo esto. Pues es porque yo estaba produciendo un documental sobre ella. Iba a ser uno realmente bueno. ¿Qué paso? La química pasó. La química que produce un cerebro cuando una chica te rompe el corazón en mil pedazos. Esos ultra-bajos niveles de serotonina y dopamina que te hacen desear estar muerto. No porque quieras morir, sino porque queres dejar de sentirte así. Así de mal, así de putrefacto. Y te preguntas a vos mismo si estas exagerando, pero ves a tu alrededor una montaña de colillas de cigarrillos y te das cuenta que no. Que simplemente estás hundido en una química cerebral, en una depresión de la que ya salí, pero aún recuerdo. Aún está dulce. Aún produce nostalgia.
Naomi, una modelo que se convierte en artista, esa es Naomi Preizler.

