La llamaremos Max.
Maximial.
M.A.X.I.M.I.A.L.
suena a liminal,… o subliminal.

Es cierto cuando dicen que te encontras personas que reflejan lo que sos, o algún aspecto de lo que sos. O aunque sea algo mínimo de tu mente en ese momento. Algo que quizás pasas por alto, pero está.
2018. Año de la gran batalla. ¿O era quizás a principios del 2019?, no recuerdo bien. Sea como sea, estaba en un momento de turbulencia mental. No solo por la ruptura sentimentalmente sangrienta que disparó Catalina. O por la acción cibernética y desmedida que tuvo una pequeña psicópata que se hacía llamar modelo o fotógrafa, que ensangrentó aún más los terrenos de batalla. Sino también por las preguntas que me hacía sobre mí mismo. Es decir, cuestionamientos sobre quién era realmente.

¿Fui abusado?
¿Era esquizofrénico?
¿Era psicópata?
¿Me quería suicidar?
Todo y demás cuestiones susurraban en mi cabeza.
Me sentía como Oppenheimer, con la culpa de haber construido la bomba atómica.
Cuando conocí a Maximial, tuve la sensación de estar con alguien que pretendía que todo estaba bien en su vida, pero que se desmoronaba por dentro. No es que ella pretendiera esa imagen por ego, sino como una forma de sobrellevar su vida.
Nos encontramos en una locación que ambos alquilamos para realizar una sesión de fotos, que resultó ser de las mejores que hice. Tuvimos una conversación en algún break y durante los disparos de mi cámara, pero todo fue hasta ahí. Digamos que hasta cierto límite. Aunque luego sabría que ella era una chica que no tendría problema en contarte la cosa más íntima de su vida. Una chica que, a pesar de su infierno, tiene la solidez mental y emocional de un muro al estilo ‘The Wall’ de Pink Floyd. O esa sensación me dió.
Un día, creo que ebrio por una botella de vino tinto o whisky barato, recordando mis días oníricos con Catalina, le envié un mensaje por Instagram para ir al cine o juntarnos en algún lugar. Sinceramente no recuerdo para qué era, aún tengo nubes de humo flotando en mi mente. Si recuerdo que mi intención era otra. Es decir, no la de un simple día de cine o café y luego irse a casa. Dolido por la ruptura del 2018, pretendía parar el sangrado con otra posible herida. Me escondía detrás del alcohol, detrás de nuevas mujeres sexys, detrás de personas y eventos llenos de estímulos que tapacen cualquier recuerdo que apareciera de Catalina.

La fui conociendo a lo largo de los años mediante encuentros que hacíamos en plazas, cines o parlantes holofónicos. Vi en sus ojos una herida… o quizás más de una herida, aún no cicatrizada. Y yo en ese entonces, estaba aún sangrando. Tenía un peso sobre mi cabeza. Como un libro, o una o dos biblias cargadas encima que cuanto más tiempo pasaba, más dolía, más veía las grietas de mis huesos.
¿Era alcohólica?, probablemente. ¿Se sumergía en el alcohol y drogas sintéticas fabricadas en laboratorios clandestinos, para matar sus demonios?, probablemente. A excepción de las drogas sintéticas, yo hacía lo mismo. Tenía un igual o parecido dolor sangrante que ella.
– ¿Te puedo preguntar algo?
– Si.
– Ese dolor. Tu dolor. ¿Aún sangra?
– Es raro. Pero no lo sé. Es decir, sé que a veces estoy mal, o en un infierno, pero es cuando me rasguño la herida. Como ahora, que estoy tomando una botella de vino blanco y recordando el pasado con nostalgia, o una depresión que resulta ser dulce. Es una depresión, un malestar que no es tan malestar. Es una baja de serotonina placentera y disfrutable. Una depresión dulce.


