Sabrina no, Melissa. Si, Melissa Joan Hart.

Luego de un largo día lleno de energía infantil en el jardín ‘El Principito’, estoy en mi cama aún con cierta euforia, que rápidamente se desvanece y caigo en mis sueños.

Me despierto y estoy en el jardín. En el gran pasillo, para ser exacto. Donde estaban a un lado sala lila y los baños, y enfrente, los ventanales que daban al patio. Las señoritas estaban afuera controlando a mis compañeritos. Yo estaba ahí, observando. Y a mi lado estaba Sabrina. Una chica mucho más grande que yo. Casi adulta. Tenía puesto un enterizo rojo fuego que parecía de látex. Entre las piernas, había aberturas con tiras que quedaban sueltas y que dejaban ver gran parte de su piel.

Estábamos escondidos, ocultándonos de las señoritas y cualquier persona que anduviese ahí. Era algo así como la escena de ‘Jurassic Park’, donde la niña y el niño se esconden en una gran cocina, de un par de velociraptors sedientos de sangre y carne. Sabrina me decía cosas que ahora con 28 años ya no recuerdo. Yo estaba tras ella, y ella protegiéndome, enamorándome, endulzando mi yo de 5 años.

Recuerdo que en un momento la veía sentada en el piso con sus largas y sexys piernas estiradas en el cemento gris y áspero del patio, detrás de uno de esos juegos, o bloques gigantes que se unían como rompecabezas para armar un enorme cubo.

Ella me decía cosas…

Me despierto y estoy en mi cama. En unas horas tengo que ir al jardín.

Hoy creo que vamos a hacer collages con revistas o algo así.


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