2015… o 2016. Ya ni recuerdo. El alcohol ha matado varias de mis neuronas.

Ella me acompañó durante casi toda mi infancia, mi completa adolescencia, y el inicio de la universidad, es decir, el inicio de la primera guerra mental.
Llegó la navidad del 2002. Era hermosa. Me enamoró desde el primer segundo que la vi. Era una pequeña juguetona. Siempre hiperactiva. Gran parte de mis juegos infantiles eran con ella. Muchas veces la hacía enojar, y eso me divertía. Había veces que peleabamos. Pero al rato le estaba dando besos en su mejilla.
¿Qué te puedo decir?
Ella era todo para mi.
Fue creciendo, y yo también. Éramos los tres; Ella, mi trastorno y yo.
Un día, a los 12 años, la llevamos al médico. “Cancer”, nos dijo.
Logramos operarla y salió victoriosa. Con dolores en el alta, pero al día siguiente estaba mucho mejor.
Casi nunca salía de casa. Creo que eso fue lo que la enfermó.

Un año después de la operación tuvo una crisis respiratoria.
En el fondo sabía lo que pasaría. Era una neumonía severa, pero siempre hay chances. De alguna forma me lo negaba consciente e inconscientemente como una madre que se niega a ver la cruda realidad y cree haber sido visitada por su hijo fallecido.
Salí de la clínica, entré al auto y, entre llantos, golpeé el volante con toda mi ira.
Los meses siguientes fueron como estar flotando en el vacío. Pero aún no sabía lo que era flotar en la oscuridad, todavía no había llegado la segunda guerra mental.
Arrojamos sus cenizas al mar un día soleado en un viaje a Mar del Plata con mi familia.

