Año 2019. Recién había salido del pozo. ¿Había ya tocado fondo?



No sabía qué hacer con mi vida. Demasiado herido para una nueva relación. Demasiado deprimido para trabajar. Demasiado cansado para estudiar. Hice lo que tuve a mano en el momento. Un acto impulsivo quizás, una pulsión para salvarme del suicidio. Como el hombre que se agarra de los vidrios rotos al estrellarse en una ventana al vacío.
Recordé que en mi facultad estaban esos grupos políticos que empapelaban la FADU con papel afiche e interrumpían en las clases para hablar sobre cómo el decano de turno se hurgaba la nariz y acosaba a estudiantes rubias de arquitectura.

No recordaba cuáles eran los grupos, así que comencé a buscar en Facebook. Había caras conocidas que habían interrumpido a los jefes de cátedra en la primera semana de clases. Pero hubo un grupo que me llamo la atención. En él estaba una chica rubia y atractiva que casi siempre hablaba a cámara en los videos de difusión. El grupo se llamaba ‘En Perspectiva’, y me uní a ellos sin siquiera saber qué demonios era el Trotskismo.
El 27 de enero les envié un mensaje privado en su cuenta de Instagram.

Necesitaba salir. Estar fuera de casa. Estar fuera de mi cabeza. Alejarme del 2018. Alejarme de la traumatizante ruptura con Catalina, y la violenta sed de venganza hacia la zorra llamada Julia, que me había hecho un falso escrache ese año. Vi al grupo político, a sus integrantes que observaba en las fotos, a esa chica rubia de piel blanca, como una pequeña luz de esperanza perpendicular al túnel que conducía a una soga en el cuello, como catarsis depresiva. Y no podía hacerle eso a mi madre.




Recuerdo cuando me encontré en FADU con Tomas, uno de los integrantes. Luego vino otro que no recuerdo el nombre, y al final se sumó Priscila, una chica de anteojos y de dientes pronunciados. Era linda, pero se veía mejor sin los anteojos. De sus labios salió la frase ‘Nosotros somos trotskistas.’ Ni siquiera sabía lo que era. Me habían ya preguntado dos veces porque estaba interesado en unirme a ellos, y lo único que hacía era surfear en falsos elogios y el ‘Me parece importante lo que hacen en la facultad.’




Quedamos en volver a vernos, y a partir de ahí comenzó una sinfonía de reuniones que, a lo Ludwig van Beethoven, se hacían más sentimentales, no para con la ideología, sino para con sus integrantes jóvenes sedientos de una falsa revolución.

Con una máscara de socialista revolucionario, pude entablar una buena relación con ellos y, por ende, librarme, aunque sea por momentos, del tormento.

Fueron buenos amigos. Gente que sentía como familia.
Y que ahora me produce una agridulce nostalgia.


