Año 2019. Cita con Solstixia. Habíamos comprado entradas de cine para ver ‘Mujercitas’ de la gran Greta Gerwing. Faltaba unas horas para la función, por lo que decidimos salir del shopping y caminar. Era pleno día, el sol brillaba y caminar por un espacio verde sería placentero. Hasta que nos topamos con una tienda de libros viejos en la calle.

Era como un puesto de diarios. Ella quería ir ahí para ver libros de inglés. Ama los libros, mucho más que yo. Nos acercamos y al frente del puesto había una mesa y dos hombres de más de 40 años sentados, haciendo nada. El dueño se levantó para atendernos. Ella le preguntó si tenía libros de inglés, a lo que el viejo sacó una canasta llena de debajo de la estantería y se la enseñó, para luego entrar al puesto y vernos desde adentro.

Solstixia estaba observando los libros con interés, a lo que el viejo infeliz le pregunta:

– ¿Sos profesora de inglés?

– No, ojalá. -dijo ella sonriendo.

– Ah, ¿Y para qué es?

– No, para ver solamente.

Parece que al viejo infeliz no le gusta que la gente vaya a ver sus libros roñosos. Hizo un gesto cínico de enfado, y salió del puesto para tomar el canasto de libros y de mala manera soltarlo en el piso donde estaba. Antes de agarrar el canasto, cuando caminaba hacia a mí, me dijo con tono amenazante:

– ¿De qué te reís?

– No me estoy riendo. -.dije.

Y es verdad, no me estaba riendo. Pero yo en ese momento llevaba puestos unos anteojos de sol. Parece que suelen dar cierta presencia intimidante.

Sol se quedó perpleja y me dijo que nos vayamos. En el transcurso hasta unos cuantos metros al semáforo, la tenía abrazada, y habré mirado hacia atrás, donde estaba el viejo imbécil, unas tres o cuatro veces seguidas. No quería pelear, principalmente porque estaba Sol presente. Y ella era una chica que se tensificaba con facilidad. Por lo que solo me conforme con levantarle el dedo del medio desde lejos.

Después fuimos nuevamente al shopping, caminamos por las vidrieras y entramos a un Cúspide donde encontramos una edición especial de ‘En el camino’ de Jack Kerouac. Lo compré y fuimos a la función.

Días más tarde de este suceso, me obsesione. Es común en mi obsesionarme con cualquier cosa. Buenas o malas. Pero cuando son malas, sucesos de hostilidad y cierta violencia con alguien desconocido, mi mente recrea una y otra vez la escena. Donde yo actúo de una u otra manera diferente a la original. O, como en este caso, imaginaba que volvía al lugar de los libros y ejercía violencia contra ese viejo idiota y prepotente.

A continuación, una de las escenas más violentas que mi mente creo:

Días más tarde vuelvo al lugar. Veo al viejo desagradable sentado. Se levanta para atenderme, a lo que yo le pregunto: ‘¿Te acordas de mí?’. El viejo cambia el rostro, y de repente le tiro un puñetazo hasta hundir su nariz. Se retuerce en el piso con la cara ensangrentada. Cuando miro hacia abajo, observo que mi mano sostiene una botella de alcohol etílico. Voy hacia el puesto de libros y comienzo a rociar con alcohol cada rincón. Enciendo una cerilla, lo miro al viejo y la dejo caer. El fuego aparece en un abrir y cerrar de ojos. Todo se empieza a quemar, pero no es suficiente, claro.

Me acerco al viejo y le rocio el poco alcohol que queda. Chilla como un cerdo asustado en el matadero. Enciendo una segunda cerilla y lo miro con una dulce indiferencia psicopática. Segundos después el viejo está ardiendo en medio de gritos de los transeúntes.

El fuego consume su rostro hasta los huesos dejando una piel crocante y negra. Aún sigue vivo. Me acerco y balbucea algo. Lo miro, levanto mi bota, y con una fuerza ultraviolenta, le aplasto el cráneo. Se oye los huesos crujir, y la sangre brotar de golpe como en un desagüe.


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