Cicatrices en mi cuerpo…
En el tuyo no veo nada.

Yo, Gaston Oliver, habiendo pasado la batalla del 2018, me encontraba ensangrentado. A la deriva. En medio de nuevos falsos amigos de ultraizquierda que me sostenían de caer al abismo. Ellos quizás lo sospechaban. O solo Shola, que a esa altura ya se había cortado su pelo rubio cual heroin chic de los 90s. Probablemente una amputación simbólica. Algunos se cortan, otros beben hasta caer. Ella simplemente se mutilo lo que visualmente la caracterizaba.
Ya se había quebrado el partido político. Ya le había mordido los labios a Sol. Ya había tomado suficiente whisky para tener dolores de hígado y decir: “Creo que tengo que parar.” Ya me había cruzado con Catalina otra vez desde la ruptura, y ya la había odiado lo suficiente para darme cuenta que el odio es un veneno mental. El odio. Una seductora sustancia como la miel de adrenocromo, y tan corrosiva como un derivado del cianuro y gas mostaza.
Mi sanación empezó en 2019, pero dio un impulso sobrenatural en 2020. Esa maldita pandemia me destruyó tantas veces que he dejado de existir. Y ese es el comienzo… Cuando ya nada importa.
Destrucción del horrible feo odio. Destruirse es construirse. La destrucción es una forma de creación.
Para cuando empezó la pandemia, Sol y yo habíamos cortado. Había sido una decepción, pero casi sin dolor. La quería, quería estar con ella. Pero no la amaba. Quizás era algo genuino, o quizás un mecanismo de defensa.
Luego llegó la segunda guerra mental…
La destrucción de un viejo yo. Y la construcción del verdadero alter ego: Syd Madison.
Destrucción del horrible feo odio.
