Año 2012. Último año del colegio. Aún no estaba preparado para la guerra que iba a comenzar el año siguiente.
Roger Waters, co-fundador de la mejor banda de la historia de la música, Pink Floyd, hacía su nuevo tour presentando ‘The Wall’. Su obra conceptual más icónica.
Mi padre se había enterado por medio de redes sociales que Roger se hospedaría en el hotel Faena, en Puerto Madero. Fue como si los dos supiéramos telepáticamente lo que íbamos a hacer. Luego de llegar de un día monótonamente corriente en el Colegio Del Parque, (Así es. Iba a un colegio privado que se llamaba “Del Parque”. A lo que muchos preguntaban en su curiosidad, “¿De qué parque?” Y a lo que yo les respondía: “Se llama así; Colegio Del Parque.) un colegio que fue considerado mi segunda casa durante toda mi infancia, pre adolescencia, y adolescencia, decidimos ir en un acto de impulso al hotel. Quizás lograríamos ver a Roger, o quizás no. Pero jamás iba a ser una pérdida de tiempo.
Los recuerdos están muy borrosos, por lo que voy a describir fragmentos.
Día 1
Llegamos con mi padre al hotel. El día estaba algo nublado. Ya había un pequeño cúmulo de fanáticos en la vereda de enfrente a la entrada del Faena. No recuerdo cuánto tiempo pasó. Habremos intercambiado algunas palabras con algunos de esos fans, consultando si estaba Roger en el hotel en ese momento, o si se había ido a comprar una botella de vino barato, o algo, cuando en la entrada del hotel comienzo a haber más movimiento de lo normal, y Roger sale. Los fans, incluido mi padre y yo, gritamos y agitamos brazos y manos. Roger saludo desde lejos con un gran puño alzado y sonrisa de agradecimiento de que estemos ahí. Luego entró al auto y se fue a casa rosada, donde lo esperaban la presidente actual de ese momento, Cristina Fernández de Kirchner, y las abuelas de plaza de mayo.
Con una sonrisa por haberlo visto de cerca y haberlo capturado con una cámara pocket digital powershot de no mucha calidad, deambulamos por las cercanías del hotel. En la caminata nos encontramos con un pequeño grupo de chicas con remeras de Pink Floyd, a lo que obviamente deducimos que eran fans que iban con el mismo objetivo que nosotros. Nos acercamos, y ellas hicieron lo mismo. Como mi padre, o yo, no recuerdo bien, tenía también una remera de la gran banda, ambos lados deducimos absolutamente todo lo obvio. Una de las chicas, que parecía ser la más “líder”, quizás, por como hablaba y su actitud, dijo con una leve sonrisa: “Bueno, está claro que estamos todos acá por Roger Waters. ¿Hay alguna novedad? ¿Saben algo?”
Yo, en modo vergonzoso, me quedo un par de segundos callado y le digo que acabamos de verlo salir y registrarlo con mi cámara. Saco la cámara y las fanáticas de la gran banda se asombran y colocan la vista en la pequeña pantalla.
Luego hay una laguna mental. Escena desaparecida. Fin. Ahre.
Estábamos todos en la vereda de enfrente. Había unas cámaras de televisión apuntando al hotel. Es que además de ser el cofundador de la gran banda, Roger había dicho unas palabras algo controversiales sobre las islas Malvinas en una entrevista para la TV de Chile, hace unas semanas. Él dijo: “Estoy avergonzado de nuestro pasado colonial. Las Malvinas deberían ser argentinas.”
Roger, sin pelos en la lengua, al estilo Syd Madison, había escupido con orgullo sobre su propio país imperialista. Pero en Argentina lo tacharon de posible demagogia.
Nos quedamos hasta tarde. Recuerdo que comenzó a llover y algunos abrieron sus paraguas y otros, como nosotros, nos quedamos bajo un pequeño techo. Todos conversamos, pero el más sociable era mi padre. Yo en esa época era una persona muy diferente a la de ahora. Pero la primera guerra mental que vendría el año siguiente, me rompería de tal manera que mi reconstrucción valdría más que la pena.
Lo último que recuerdo de ese día es que una mujer realmente atractiva, algo así como una Femme Fatale, se acercó a preguntarnos sobre porque el alboroto. O quizás era que ya sabía y preguntó directamente sobre Roger. Sea como haya sido, con su paraguas en mano, pregunto con sus labios rojos: “¿Alguien tiene fuego?”
Y en un acto impulsivo y de “valentía” para mi edad y mi trastorno mental, dije: “Yo tengo”
Saque mi encendedor estilo Zippo, y ella su cigarrillo. Pero no le di el encendedor, no. En un acto de caballerosidad lo encendí y se lo acerque a la punta de su cigarrillo. Algo que me di cuenta que no se lo esperaba, e hizo un gesto de pulgar arriba con su mano y un: “Gracias”.
En ese instante me sentí algo más adulto de lo que era.
Día 2
El día anterior no habíamos conseguido lo que tanto anhelaba; su autógrafo. Pero convencí a mi padre de ir nuevamente al hotel. Lleve mi guitarra acústica y dos portadas de discos: The Wall y Atom heart Mother. Y partimos.
Encontramos a las mismas personas del día anterior y, entre saludos y conversaciones musicales pseudointelectuales, observamos que el movimiento en la entrada del Faena ya era diferente. Pasaron una, dos, o tres horas, ya no recuerdo, hasta que salió alguien, quizás un manager o seguridad, que hablaba español a medias, que se nos acercó y nos comunicó con palabras en spanglish que Roger Waters iba a salir a dar autógrafos. Al instante todos se volvieron eufóricos y hubo un pequeño balance hacia adelante donde estaba el comunicador. El hombre levantó la voz, llamándonos la atención, y pidiendo que de forma ordenada hiciéramos una fila en frente. ¿De forma ordenada? Ese hombre jamás visitó a la Argentina.
En una avalancha corrimos hacia la vereda de enfrente. Todos se apoyaban en la pared del lado izquierdo (como debe ser) de la puerta del hotel. Con mi padre corrimos, y creo que yo me adelante y ocupe mi lugar. Mis nervios estaban hasta la médula. Era una mezcla de euforia, entusiasmo y miedo.
Salió Roger Waters a firmar autógrafos. Todos estaban histéricos, y algunos más maduros simplemente con una enorme sonrisa y respiración agitada. La fila avanzaba, y mi ansiedad cada paso más elevada. Cada pisada hacia adelante, un latido de más en mi frecuencia cardiaca. La idea inicial era que firmara mi guitarra, pero unas horas antes un fan nos había comentado que Roger no firmaba instrumentos porque los muy codiciosos los vendían y hacían lucro barato con la firma. Por eso tenía en mi cintura apretado con mi jean, la portada de Atom Heart Mother. La fila avanza, estábamos más cerca. Mis nervios, mi pulso, mi respiración. ¿Eran normales? Vamos, claro que sí. Era Roger Waters. El cofundador de la gran banda. La voz y mente de las composiciones que había escuchado mi padre desde su juventud, y que yo había escuchado desde que vine al mundo. Eso si, mi fanatismo comenzó ese año, en esa gira. Y se reafirmó en ese preciso momento.
Tenía a Roger Waters frente mío. Y con mi mano temblorosa le acerque la portada de la vaca. Él observa la imagen y yo le digo torpemente: “Acá, acá.” Señalando el frente donde tendría que firmar.
De mis labios salen las palabras: “Thank You”
Él me dice: “You’re welcome”
Miro a mi padre que me estaba filmando con su pequeño BlackBerry.
Roger me entrega el regalo y le dijo nuevamente con una voz nerviosa y rápida: “Thank you very much”
A lo que él me responde nuevamente con un: “You’re welcome”. Pero esta vez observe que me hizo una pequeña reverencia. Es decir, al momento de pronunciar esas palabras, bajó levemente la cabeza. Algo que mi padre también noto. Y algo que, al quedarme a un lado observando a los demás fans recibiendo sus autógrafos, no vi en ningún momento. Es más, creo que casi ninguno, y me arriesgaría a decir que nadie le dijo “gracias” al momento de la firma. De todos modos, todo el mundo estaba nervioso.
Ese día no pudo firmar a todos los fans, por lo que fui, junto a mi padre, uno de los afortunados en tener esa preciada firma color dorada.
Regrese en remis a mi casa. En mi cabeza rondaban preguntas obsesivas como: “¿Le abre caído bien?” “¿Fui lo suficientemente respetuoso?”, y cosas por el estilo. Pero también sentía un ahogo de felicidad y un verdadero sentimiento de alegría.
Al momento de escribir esto, siento un pequeño ahogo de angustia al saber que el año pasado, hace unos meses, fue el último show de Roger en Argentina. Y al recordar que lo vi más viejo, como si supiera y aceptara que ya es el final de su vida, las ganas de llorar tocan la puerta cada tanto al escuchar sus canciones.
Te amo y gracias, Roger.
Love, Gaston Oliver. Aka Syd Madison.



