Me decepcioné de la cinéfila con la que hable durante los días anteriores a ayer. Aún así la decepción era coherente. Al escuchar su voz en los audios me hacía recordar a Sol (mi Cherry Prozac). Por lo que pensé: “Está chica quizás es una buena chica, pero rara. Rara.”

Nos íbamos a ver el sábado, pero no respondió. Por lo que automáticamente la crucifique. Habiendo tomado unas cuantas pastillas los dos días anteriores a ayer, ya venía algo decaído. Y esto lo hizo más intenso, más pesado y gris. Siempre aparecen detonantes para mis recaídas.

Ese mismo sábado salí y caminé en la noche hasta la parada del colectivo mientras escuchaba Depression Cherry de Beach House. Y en el transcurso del viaje comencé a tomar ¼ de Clonazepam de 2mg el entero. Es decir, 0,50m cada ¼

Me bajé en el metrobus Aguirre y caminé unos treinta minutos hasta llegar al Roxy, sin antes comprar una cajetilla de lucky strike mentolados y una Stella Artois en lata. Los guardé en el morral y entré al Roxy. No había casi nadie aún. Las camareras tenían el brazalete de Say no more de Charly García. Y pensé: “debí haber traído el mío de The wall”. Y luego pensé: “Las estúpidas de Michaela Baitelman y su hermana pensarían <se disfrazaron de nazis en el Roxy. Malditos antisemitas>

Dibujo de Roger Waters interpretando a Pink fascista del álbum y film ‘The Wall’

Una de las camareras me atendió amorosamente y me entregó la carta. Le pedí una cerveza roja y la clave del wi-fi. Mientras tomaba la cerveza cada tanto iba tomando cuartos de Clonazepam. Alcohol y Clonazepam, una cóctel pseudo-psicodélico.

Comenzó a tocar una banda, previo a las American Rockstars, dónde iba a cantar mi mejor amiga, aún cuando había poca gente.

Durante el show, entre sorbos de cerveza rojiza y cuartos de patillas, se me venían imágenes altamente melancólicas y nostálgicas, pero principalmente de dos situaciones; La muerte de Julian (y yo a los 15 años llevando su ataúd), y mi pequeña Wishy. Cada tanto lagrimeaba. Me fregaba y seguía lagrimeando mientras los ojos de la cantante me miraban cada tanto. Quizás las lágrimas se lograban relucir por el reflejo que provocaban las luces.

Luego llegó Boolange con su amiga. Y, entre la fiesta de las American Rockstars, otros amigos que llegaron, mujeres bailando en el escenario, alcohol, música rock y más pastillas, comencé a pensar, o mejor dicho; a organizar en mi mente un posible suicidio.

El plan era simple, pero maravilloso. La simplicidad es la máxima sofisticación. Escribiría una carta explicando el porqué y los pasos a seguir después de mi descenso. Siempre quise que me cremen. Detesto el negocio de las funerarias. Pagás por un velatorio, pagás por un cortejo fúnebre, pagás por la misa, pagás por la sepultura, y tenés que seguir pagando por ese diminuto espacio que de nada sirve más que para reconfortar a seres queridos ahogados de ignorancia sentimental. Y luego hay opciones de servicio, cómo agregarle cesped, flores, el podado también se cobra, también las placas, el grabado, y no se basura más.

Esa carta iba a ser dirigida a mis padres, pero especialmente a mi madre. Y se la entregaría a Boolange o a Jimena (la chica de rizos rojos). Tenía que ser alguien no solo de mucha confianza, sino también de alta sensibilidad y responsabilidad. Y al momento de entregarla le diría: “Si me llega a pasar algo, por favor entregarle esto a mis padres.”

Obvio que me iba a suicidar; tomaría cuántas pastillas pudiera de Clonazepam de 2mg cada una y una botella de vodka. Me quedaría tirado en alguna plaza en la noche y sentiría el césped más que nunca.

Cuando nos fuimos del Roxy, fuimos a otro lugar. Era un asqueroso antro de gente rancia y vieja. Cuando estábamos por ir, le había mostrado un puño americano, que tenía en el morral, a un amigo y le dije que se me antojaba pelear con alguien del lugar. Alguno de esos idiotas que se les suben las drogas a sus quemadas neuronas e intentan provocarte. Pues, yo estaba en tono de querés tener una noche de ultraviolencia. Pero no sucedió nada. Habré estado unos cuantos minutos y luego me fui sin avisar. No saludé a nadie, solo me fuí y caminé hasta el Mcdonald ‘s frente al Roxy. En el Mcdonald’s esperé más de media hora un Uber, pero no agarraba ninguno. Por lo que decidí ir caminando desde ahí hasta la parada de algún metrobus que me deje en Ramos Mejia.

En el viaje había gente que salía de las fiestas, la mayoría jóvenes. Escuchando nuevamente Beach House, le hablé a Barbie, una chica que en ese momento estaba cerca de mi casa. Le dije que nos veamos, y para cuando bajé del colectivo en Ramos Mejia, le avisé que estaba en la puerta.

Le mordí los labios, le masajee sus hombros hasta llegar a sus nalgas mientras ella metía mi pene en su boca. Succionaba una y otra vez con movimientos voraces.

Al final la tenía recostada con su cara y boca en mis testículos haciendo remolinos con su lengua, y yo arrodillado masturbándome. Sentía esa lengua moviéndose acompañado de leves gemidos, hasta que le eyacule en el rostro.

Se quedó con sus ojos cerrados y una expresión relajada mientras le pasaba mi pene eyaculado por su cara también eyaculada.

Me despedí y quedamos en vernos nuevamente.

Cruzando la calle me di cuenta que eso ya no era lo que quería. El sexo es una adicción, pero lo que anelaba mi alma era una persona que yo pudiera amar y complementar.


Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar