
Voy a intentar ser breve. Era una chica de senos pequeños pero firmes. Eso lo había comprobado una noche que chapábamos asquerosamente en el rincón oscuro de una plaza de Belgrano. Posteriormente esa noche habían cerrado la plaza y no podíamos salir, por lo que sostuve su cartera y la alce agarrando sus nalgas hasta la punta de la reja para que salga. Luego yo trepe y cuando estaba bajando del otro lado, un patrullero pasó por delante nuestro. De milagro no sucedió nada. Como Los Simuladores salimos ilesos. Pero esa no es la secuencia que vengo a contar.

En este escrito voy a escupir lo que en este momento de escritura me pide, lo que recuerdo y siento. Es sobre una noche en un hotel de Belgrano. Luces azules de neón, gemidos de una gata en celo y eyaculaciones angustiosas.
Llegamos al hotel. Pedimos una habitación con jacuzzi y subimos por el ascensor al infierno vestido de cielo. Cuando abrimos la puerta una voz similar a una IA nos dio la bienvenida. Nos acomodamos, dejamos nuestras cosas y yo comencé a ir de un lado a otro observando cada detalle de lo que había en esa habitación de neón. Espejos en la pared y el techo, el baño con cintas de recientemente higienizado, una cama matrimonial algo dura, el jacuzzi listo para llenar, y una pequeña chica lista para llenar.
Nos sentamos en la cama y ella comenzó a besarme y desvestirme. Al cabo de unos minutos mi pene estaba en su boca. Al principio colocó sus labios y lo introdujo más al fondo. Me di cuenta que era inexperta cuando dijo: “Se me fue”. Con un gesto hacia la garganta. Aludiendo que quizás lo hizo muy de golpe y mi frenillo rozó su campanilla.
El sexo oral no fue realmente bueno, aunque si excitante. Constantemente sentía sus dientes en el tronco. Ella aun no sabia como chuparla. Y cada tanto le decía cómo tenía que hacer. Pero no aprendió.
Luego de una hora ya estábamos uno encima del otro, mezclando nuestros sudores y salivas. En el momento que hicimos el famoso 69, mientras ella me la chupaba, yo observaba cada detalle de su ano. Era dulcemente rosado, y con algunos vellos claros. Se lo comente a frotar. Iba del ano a su vagina, una y otra vez, mientras escuchaba sus gemidos provenientes de su garganta pegada a mi pene.
Nos levantamos de la cama y le dije que se agachara. Le puse mi pene en su boca nuevamente. Sentía tanto sus dientes que le agarre la cabeza y la empuje hacia mis testículos, específicamente entre mi pierna y testículo izquierdo. Ella pasaba su lengua una y otra vez mientras yo me masturbaba, hasta que llegó el clímax. Un gran chorro de semen pasó por encima de ella cayendo parte en su cabello. Ella, habiéndome dado el permiso de acabar, recibió una de las mejores eyaculaciones en su rostro y pelo, que terminó de gotear en su boca.
Fue al lavabo a limpiarse la cara. Yo me acerque y le seque el rostro con una toalla. El semen de su cara ya no estaba, el resto se lo había tragado.
Entre mis chistes culinarios y bromas hacia ella, conversamos sobre nuestro futuro. En cada sílaba que escupía veía a la mujer de mis hijos. Pero mi inconsciente se reía de eso.
Nos metimos al jacuzzi con espuma algo escasa y nos miramos. Ella me acariciaba mi entrepierna y yo la observaba deseando que la noche nunca terminase.

Cuando por fin se puso a dormir en la cama, cada tanto le pasaba la mano por la mejilla. En mi mente era una muñeca de porcelana. Aunque pronto iba a darme cuenta que era de piedra sólida llena de moho.
Me levante, me acerque a la pequeña ventana que había detrás del jacuzzi y fume uno o dos cigarrillos, no recuerdo bien. Cada tanto daba la vuelta para verla dormir. Creo que me sentía bien. Es decir, había cierta plenitud en mi estado mental. Creo que la canción que representa (y que escuchaba) en ese periodo de tiempo con ella es Blue Jeans de Ladytron. Una fusión de angustia sexual y desamor sangrante que aún recuerdo con agridulce nostalgia.

