Nostalgia… Nostalgia de noches de legítima sobriedad en medio de desconocidos lujosos.

No recuerdo mucho de esa noche, las imágenes están fuera de foco y somnolientas. Recuerdo fragmentos. Naomi Preizler aun con su pelo dorado. Famosos en el camarín, como Mike Amigorena o Ale Sergi de Miranda, que le obsequie mi tarjeta de presentación de ese momento, donde se veía una luna llena y la inscripción: ‘Gaston Oliver Photography’. El tipo era muy amable en verdad. Recibió mi tarjeta con cierto aire falso de interés pero aún así con amabilidad. Probablemente ya esté en reciclada formando parte de alguna hoja de algún diario amarillista. Pero me quedo con el vaso medio lleno.

Ahora que lo pienso bien, creo que se me están mezclando en mi memoria diferentes noches de La Tangente en una sola.

Siempre acompañaba a Naomi en sus shows. La filmaba, la fotografiaba, y la apreciaba con mi corazón aun de porcelana fina. En todo ese periodo de tiempo ya había pasado La Primera Guerra Mental, y estaba en la posguerra. Reconstruyéndome. Era la primera reconstrucción oficial. Y por ese entonces Naomi realmente me había ayudado mucho. Junto con Pablo, obviamente.

Encandilado por ella. Encandilado por diferentes famosos de argentina que pasaban junto a ella, para luego estrechar mi mano. Encandilado por la cantidad de gente en un mismo diminuto espacio. Sofocado por el espacio. Curándome del trastorno. Sofocándome nuevamente. Encandilado por las mujeres que conocía a lo largo de las fechas. Encandilado por sus curvas. Encandilado por sus húmedos besos y calidez maternal. Sofocado por mis padres. Anhelando terminar de romper las cadenas de mis tobillos. Muriendo con cada destello del escenario. Cada flash. Cada latido. Cada gota de sudor. Cada suspiro.


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